Extractes de l’article “Ser Evita. Lectura de Eva Perón
de Copi” de Jorge Monteleone
Hacia 1969, cuando Copi escribe en París Eva Perón, su segunda
obra teatral estrenada allí en marzo de 1970, el fantasma de Evita
recorría de nuevo la Argentina (...)
Sin embargo, parte de su eficacia se basa en violentar constantemente
cierta tensión histórica que el mito reclama para sí.
Copi se adentra en la hagiografía de Evita para refutarla, pero
con un fondo móvil que retiene los débiles rasgos históricos
que construyeron la imagen, valiéndose no sólo de la mitologización
peronista sino también de la antiperonista. Porque si bien esa
figura no es histórica, sino mitologizada, juega con el ademán
escandaloso que a menudo quiebra la verosimilitud histórica, a
partir de la cual el mito de Evita pretende para sostenerse como verdad.
En esa ambigua confluencia trabaja Copi. Así como en sus narraciones
el orden del relato se precipita y altera en el caos de los acontecimientos,
el orden del mito es siempre amonestado por la irrisión de lo
histórico, que se sobredimensiona hasta volverse farsesco (...)
En
La razón de mi vida Eva misma asume el matiz actoral de su función,
que se desdobla públicamente: es "Eva Perón" para
la vida política del Estado y es "Evita" para los humildes,
los descamisados, los grasitas. "No vaya a creerse por esto que digo
que la tarea de Evita me resulte fácil -se lee en el capítulo "Evita" de
La razón de mi vida-. Más bien me resulta en cambio siempre
difícil y nunca me he sentido del todo contenta en esta actuación.
En cambio el papel de Eva Perón me parece fácil. Y no es
extraño. ¿Acaso no resulta siempre más fácil
representar un papel en el teatro que vivirlo en la realidad?"(...)
En
ese punto Copi articula la imagen mitificada de Eva Perón: la
sitúa en el escenario estatal como una autorreferencia que se ilumina
en la condición actoral que la formó y en la escena teatral
que la despliega. Ese papel -teatro en el teatro- lo representa ante Ibiza,
ante su madre, ante Perón. Y al mismo tiempo la acecha constantemente
el otro rol, el de Evita. Con él, todo el escenario teatral/estatal
se torna bambalina. Evita es la que agoniza en el enclaustramiento de la
residencia presidencial, la que se sacrifica por su pueblo que vela afuera,
donde todos esperan la muerte. El escenario es así, al mismo tiempo,
espacio de representación de la agonía estatal y ámbito
secreto de la santificación. Hasta que al fin llega su público,
su pueblo, en la figura de la enfermera: ante ella Eva inicia otro rol,
trueca su papel por el de Evita, incluso en la distancia que establece
ser, además, "la Señora".
En el cruce de estos dos
roles se desarrolla el personaje de Copi, donde la figura de la actriz
Eva Perón en el escenario material metaforiza
el rol de Evita en tanto representación imaginaria (...)
Sería deseable que el papel de Eva Perón lo interpretase
un hombre travestido porque de ese modo afirmaría una de la claves
de la obra. "¿Qué es ser mujer?" dudaba Copi en
un largo reportaje de Osvaldo Tcherkaski, y respondía: "ser
mujer es solamente eso... es vestirse de mujer". (Habla Copi, Buenos
Aires, Galerna, 1998, p. 50). Del mismo modo, en Eva Perón esa lógica
podría afirmar: ser Evita es vestirse de Evita. En el travesti esa
atribución se hace evidente sumada a los numerosos vaivenes de los
vestidos oficiales, el peinado, las pelucas o los afeites que pueblan la
obra. Como en Las criadas de Genet, el travestismo del personaje exaltaría
su destino ficcional. Pero si por esta lógica Eva sería un
travesti, por lo mismo se vuelve necesario que la enfermera sea interpretada
por una mujer. Del travesti a la mujer se haría evidente el efecto
de superficie y mascarada por el cual ser Evita es vestirse de Evita, lo
cual no dependería del género sino de la misma representación
imaginaria del mito (...)
Actuación, simulación, travestismo y, finalmente, muerte.
En efecto, no es necesario que Eva Perón muera para volverse imagen
inmortal, pero en su economía funérea alguien debe hacerlo
en su lugar. Porque la imagen de Evita no muere pero, en su nombre, mata.
O acaso sacrifica. La enfermera vestida de Evita se transforma en ella
al ser asesinada por la propia Eva. Quiero decir, como en el verso de Mallarmé,
que en sí misma la eternidad la cambia: se transforma en Evita y
a la vez en ella misma o, porque se viste de Evita es Evita. El hecho es
ambiguo y a la vez desgraciado. Nos dice que la destinataria del mito,
su protagonista verdadera, su encarnación, es esa mujer del pueblo;
y luego parece advertirnos que para asumir el nombre de ese mito como tal,
esa mujer debe, fatal y terriblemente, derramar su sangre para entrar en
la historia.
Copi predice así, o acaso repite, la lógica perversa de la
historia argentina. No sólo que nuestras mitologías tienen
una vocación por la sangre y por la muerte, sino también
que muchas veces las razones de Estado se fundaron en el crimen.
Jorge Monteleone
Publicat sencer a “Las razones de Estado (lectura de Eva Perón,
de Copi)”,
a Clarín, Suplemento Cultura y Nación, 28 de
mayo de 2000.