Aquest article aparegut a La Vanguardia en ocasió de l’estrena
de Nits blanques dibuixa el perfil de Carlota Subirós, directora d’aquest
muntatge. Signa l’escrit David Barba.
Cóctel Subirós
Como traductora, su obra abarca desde Pirandello hasta Neil Labute, pasando
por
David Mamet y Harold Pinter. Como directora teatral es responsable del montaje
de Nits blanques, de Dostoievsky. Carlota Subirós se afianza como una
de las grandes esperanzas del teatro catalán.
Doctores tiene el teatro. Y todos coinciden en afirmar que Carlota Subirós
(Barcelona, 1974) tiene madera como para convertirse en un puntal imprescindible
del futuro escénico catalán. Un porvenir en el que nuestro imprescindible
Xavier Albertí seguirá actuando y dirigiendo mediante reproducción
holográfica en 3D de su persona, Àlex Rigola clonará a David
Selvas y Joan Ollé, conservado en formol en el Anatómico Forense
o criogenizado a bordo de la nave Nostromo, será descongelado cual oráculo
cada final de temporada, cuando se nos agoten las ideas para la cartelera o el
Soylent Green para el menú.
Pero, a diferencia de todos ellos, Carlota Subirós seguirá tan
fresca como ahora, a sus 29 años, convertida ya en consagrada directora
y adaptadora de textos nada fáciles, como L'oficiant de dol de Wallace
Shawn que presentó el año pasado en el Lliure o el Liliom de Ferenc
Molnár. “Desde muy temprana edad, Carlota ha demostrado poseer un
nivel cultural muy superior a la media”, opina Àlex Rigola, que
hace unos meses fichó a la joven directora como patrona del Lliure. “Después
de ver algunos de sus espectáculos me pareció que merecía
estar aquí.” Además, “está muy atenta al teatro
que se hace en Europa y habla varios idiomas”.
Su obra como traductora abarca desde Pirandello hasta Neil Labute, pasando por
David Mamet y Harold Pinter. Además, sobre su mesa de trabajo se desparraman
varios ejemplares de Noches blancas en todos esos idiomas que domina –que
son muchos– e incluso en el original ruso. Y, a pesar de su evidente don
de lenguas, es tímida, reposada, comedida con el lenguaje. “Tengo
la teoría de que el pulso vital de un creador se contagia a sus espectáculos”,
afirma la directora. “Por eso Rigola y yo somos tan diferentes. Tenemos
biorritmos distintos.” El director del Lliure lo confirma: “Ella
tiene una finura que yo nunca podré alcanzar. Es detallista, perfeccionista
y posee una sensibilidad que envidio”. Otra diferencia entre ambos estriba
en que Subirós niega que, como dice el director del Lliure, sea necesario “sacarle
el polvo a los clásicos”. Más bien, “los clásicos
tendrían que sacarnos el polvo a nosotros”, observa.
Quizás por eso, antes de atreverse con Dostoievsky, han pasado por sus
manos textos como Paradís oblidat (2002), de David Plana, I
mai no ens
separarem (2001), de John Fosse, o El malaguanyat (1997), su primer montaje profesional,
basado en la novela homónima de Thomas Bernhard. “Xavier Albertí,
al que considero un maestro, me dio la oportunidad de debutar con este texto
en el Grec con sólo 23 años”, recuerda la directora. Acababa
de finalizar sus estudios de Dirección Escénica y Dramaturgia con
premio extraordinario del Institut del Teatre incluido y comenzaba los de Filología
Italiana, que terminó en el 2001 con premio de honor de la Universitat
de Barcelona. “Fui su profesor en una promoción muy brillante –recuerda
Albertí– que incluyó a Roger Bernat, Tomàs Aragay
y Beth Escudé. Cuando me nombraron director del Grec quise darle una oportunidad.
Al año siguiente volvió al festival con una puesta en escena deliciosa
del Concierto para piano y orquesta de György Ligeti.”
Y es que Subirós siempre ha estado interesada en investigar la interacción
entre la música y el espacio teatral, un tema sobre el que también
ahondó durante el Sitges Teatre Internacional y el Grec de 1999 a través
de “Dies de festa”, donde trabajaba con cerca de 50 versiones diferentes
de una misma melodía de Gershwin. Por estas y otras razones, Albertí sostiene
que “Carlota llegará a convertirse en una de las personas troncales
de nuestro paisaje teatral futuro. Es muy joven pero posee una gran madurez.
Sus discursos son de una contundencia escénica aplastante”. Por
si esto fuera poco, “es de esas pocas personas que cuando se refieren al
teatro no hablan de éxito, sino de compromiso ético, de la creación
de un imaginario colectivo como último rito civil de la sociedad contemporánea”.
Otro de sus maestros, Joan Ollé, va todavía más lejos: “Si
la vida me ha dado alguna satisfacción, ha sido tener como alumna a Carlota”.
La conoció en las clases del Institut y pronto quiso adoptarla como ayudante
de dirección. Antes, ella se presentó tan campante a Lluís
Homar para postularse como su adjunta. Después de emplearla en Els
bandits
de Schiller (1996), éste se la traspasó a Ariel García Valdés
para Lear o el sonmi d'una actriu (1997), y en el camino todavía tuvo
tiempo de conocer a Franco Di Francescantonio y ponerse también a sus órdenes
en la Misa de Bernstein que dirigieron Joan Ollé y el italiano en el Festival
de Peralada del 2000.
“
Cada día nos íbamos por la mañana a Valencia a ensayar
con un coro –recuerda Ollé– y volvíamos por la
tarde a Barcelona para ensayar con los actores. Ella es muy trabajadora y
un poco Pepito Grillo: si quieres conocerla, no hace falta que la invites
a comer. Lo mejor es que leas cualquiera de sus montones de atiborrados cuadernos
de notas de caligrafía espriuana.” Si a todo esto añadimos
una beca de formación del Instituto Goethe en Berlín, otra
del British Council para Londres y varias estancias como traductora en el
Festival de Spoleto, Italia, obtendremos un cóctel Subirós
de suave efervescencia y efectos prolongados que es capaz de causarnos una
resaca de órdago durante las próximas temporadas. Sin embargo,
su punto de angostura posiblemente se encuentre en la casa paterna: la completa
biblioteca familiar de los Subirós ha sido un buen macerador de la
personalidad. Su padre, Pep, filósofo de guardia, puede presumir de
haber regado de cultura el embrión de un auténtico monstruo –actual
y futuro– de la escena catalana.