NUESTRO REY SE MUERE
A primera vista “El rey se muere”, de Eugéne Ionesco,
se muestra como el más grande y contundente poema dramático
escrito sobre el propio morir. La escritura de Ionesco bebe en el surrealismo
y sus fuentes oníricas, tornándose mas poemática que
dramática, abriendo cauces inesperados a la percepción de
lo real, a la libre capacidad asociativa del espectador.
Desde las primeras
lecturas sentí que la increíble densidad
de las situaciones que vive el “rey muriente” tenía
más acentos de sueño que de vigilia. Y traté de “soñar” la
partitura más cerca del hombre contemporáneo que de la fantasía
gótica que, de salida, propone Ionesco.
Nuestro Berenguer, herido de
muerte su corazón, vive su morir soñándose
monarca de un reino de pacotilla, roído por la desidia y el desastre
ecológico y humano, entre melodías triviales, voces de grandes
almacenes y recuerdos de consumo ilimitado. Berenguer es, hasta casi el
final, presa del ego más terrible, y sólo la ayuda de Margarita
le facilitará la aceptación y el desapego.
Tal vez podría encontrarse una posibilidad de paz, entendiendo
que atacar o destruir al otro, a los otros, no es sino una expresión
de nuestro miedo a la desaparición, a ser destruidos. Quizás
la reflexión sobre nuestra propia muerte aliviara la tendencia destructora
hacia nuestro alrededor. El extraordinario valor del texto de Ionesco como
reflexión sobre el morir, alcanza a la generalidad, a la humanidad
del siglo XXI, cosida de miedos y apegos.
Y lo que el público quizás pueda ver con su mirada interior,
en este espectáculo del Teatro de La Abadía, sea la lucha
del ego de Berenguer -cualquiera de nosotros- que se defiende
y cornea cual rinoceronte alado, tratando de esquivar el acoso implacable
de la Reina Margarita; un San Jorge femenino, vestido por Balenciaga que,
con secreto amor, no le dará cuartel hasta el final. Un cuento necesario.
José Luis Gómez