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Cuando escribo, procuro tener en cuenta la
doble naturaleza de todo. El hecho mismo de escribir participa
de esa
doble naturaleza. Sanchis Sinisterra decía que: “El
autor es servidor de dos amos (de dos mundos)”; por un lado,
el texto exige al autor un compromiso con las leyes que él
mismo se ha inventado, y por otro lado, el autor debe servir al
receptor implícito. ¿Quién es el receptor
implícito? Es ese receptor imaginario que “baila” por
la mente del autor en el proceso de escritura. En todo caso, evito
siempre que puedo servirme a mi mismo, porque entonces: ¿qué interés
tendrá el material que ofrezco al público? Procuro
escuchar la necesidad de los personajes, entender el juego al que
están jugando y disfrutar al máximo con ese juego,
se trata de escuchar la voz de los personajes, una voz que proviene
del marco ideológico del personaje y no del autor. Lo que
dicen los personajes es a través de su propia mirada de
la situación y no a través de la información
o del saber del autor.
Cuando empiezo a escribir un texto intento no controlar demasiado
el pequeño monstruo que estoy engendrando, el “control” vendrá después,
como dice Javier Daulte: “Escribir como un niño y
leer como un matemático”, por lo tanto hay que: primero
jugar y después entender muy bien la naturaleza de ese juego.
Cada texto teatral genera unas leyes propias que tienen que ser únicamente
válidas dentro del universo creado por el texto en cuestión,
en ese caso, estaremos por fin delante de un texto original y
necesario.
En mis primeros textos tendía a la abstracción, a
la metáfora de la metáfora, y todo quedaba demasiado
abierto; luego he cultivado el gusto por situaciones simples y
muy ricas, ricas por su misma simplicidad. Javier Daulte y también
Toni Casares me hicieron reflexionar mucho sobre esta cuestión.
Particularizar una situación, por pequeña que sea,
es siempre fértil y provechoso.
Y en esa situación hay que distinguir muy bien qué es
lo que se sabe y qué es lo que está a oscuras, y
cuanto más sepamos lo que sabemos, más oscuro será lo
que ignoramos. Sin duda, todos los interrogantes deben conducirnos
a la situación y no a la escritura. La escritura muestra
la situación y no la propia escritura.
Cuidado, a veces al
escribir se da más información
de la que precisa la situación, por eso lo que decía
Horacio: “Dejar lo escrito en un cajón uno o dos
meses para luego revisarlo con atención”.
En el tema de la información, muchas veces se producen
desequilibrios, en ocasiones se ve la mano del que escribe al
no mezclar suficientemente la información con la situación.
Es decir, que cuando se escribe es mejor ver la situación
y no el papel.
En el teatro de texto, la situación la define a cada minuto
el texto, y cuando hay esa responsabilidad del texto, en una
frase se puede cambiar todo; una vez más, como dice Javier
Daulte “El poder de la palabra cuando a la palabra
se le da poder”. Y de ese poder podemos extraer un rendimiento
lúdico, para no caer en el discurso inofensivo ni tampoco
en la linealidad de acción y pensamiento; es decir,
hay que aprovechar esa suerte de arbitrariedad que nos otorga
la
palabra en el teatro.
Por otro lado, siempre tengo en cuenta la impropiedad de la
palabra, los personajes no se expresan como eruditos y tampoco
dicen todo
lo que quieren decir; de hecho, en la mayoría de los casos
no saben lo que quieren decir, ni saben lo que les está pasando.
Y eso de conocer a los personajes es a mi entender una cosa terrible,
trato de escucharlos pero de ahí a conocerlos hay todo
un mundo; conocer a un personaje implica dominarlo y por lo
tanto limitarlo. Me gusta que los personajes me sorprendan,
me contradigan
y hasta me gusta que hablen entre ellos a mis espaldas.
Siempre trato de crear situaciones polisémicas, situaciones
en las que a parte de la palabra aparecen distintos signos, la
acción, la imagen, el silencio, la pausa...
En todo caso, la palabra es acción, hablar es hacer
algo, se habla para modificar al receptor e incluso al emisor.
El argumento no narra por si solo, es una parte del proceso
narrativo, lo que se narra es la situación, el cambio
de espacio.
Para que el argumento avance tenemos que hacer movimientos:
si hay demasiado misterio no se puede leer ese avance, si hay
demasiada
obviedad el receptor nos lleva unas escenas de ventaja. Hay
que leer muy bien la situación para elegir las mejores
opciones.
Escribir es tratar de arrojar luz o sombra sobre aspectos de
la experiencia humana y en ese intento evito, siempre que puedo,
el panfleto, la obviedad y lo superficial. El punto de vista,
el tema o el mensaje están implícitos en el juego.
Es decir, las reglas del juego y el posicionamiento de los personajes
delante de esas reglas serán paradigmáticos del
contenido.
Xavier Albertí dice que para “escribir una buena
escena de teatro” debe reinar en esa escena un equilibrio
entre la ideología interna y la ideología externa,
es decir, las herramientas para expresar las estructuras de pensamiento
(el estilo) deben estar adecuadas con el contenido. La biología
del personaje, es decir, su discurso, su manera de respirar,
su gestualidad, sus emociones... no debe traicionar a la ideología
de la obra.
Si pongo demasiada atención en el estilo o en la forma,
pongo demasiada atención en el autor, y creo que el autor
debe desaparecer del papel; cuando el autor se luce es porque
utiliza la forma al servicio de él mismo y no del contenido.
Hay pues que encontrar un equilibrio entre la forma y el contenido.
La forma es contenido y el contenido es forma.
¿Hay
que saber para qué se escribe? Xavier Albertí decía
que en todo caso “Hay que saber contra quién se
escribe” y que esa es una pregunta que debe contestarse
uno mismo repetidas veces a lo largo de su vida. La respuesta
que actualmente doy a esa pregunta es que escribo contra la
comodidad y contra la linealidad del pensamiento y por eso
intento que
los textos que escribo generen más preguntas que respuestas,
y no por eludir mi posición frente a ciertos temas,
sino porque precisamente es esa mi posición: la alerta
constante y el cuestionamiento de lo obvio.
Que nunca terminen las escenas, que no se resuelvan del todo,
que quede algo por resolver, alguna incompletud, algo que genere
responsabilidad en la inteligencia del receptor. No ajustar el
desajuste.
Todas estas reflexiones me las han sugerido a lo largo de más
de cinco años todos los profesores que han impartido seminarios
de dramaturgia en la Sala Beckett de Barcelona. La Sala Beckett
es una sala de teatro alternativo en la ciudad condal, que a
parte de la programación teatral de cada temporada se
dedica también a la formación de nuevos dramaturgos
y de nuevas dramaturgas. Si tenéis ocasión de pasar
una temporada en Barcelona y tenéis tiempo y plata para
realizar un seminario, os lo recomiendo encarecidamente.
Tuve
la suerte de tener a profesores como Sergi Belbel, Carles Batlle,
Juan Mayorga, Martin Crimp, Javier Daulte, Xavier Albertí y
también, mención especial, a José Sanchis
Sinisterra, fundador de la Sala Beckett, de los seminarios
y de tantas y tantas cosas. Podéis encontrar también
información en www.salabeckett.com
La mayoría de cosas que he aprendido como dramaturgo han
sido en esos seminarios, pero el mejor consejo que me han dado
es el que me dio Javier Daulte, y valga la paradoja: “Olvidar
todo lo que nos han enseñado, al menos no ser, para nada,
obedientes con todos esos consejos, escuchar su inteligencia,
sus conocimientos, y en algún caso su sabiduría,
para luego hacer lo que nos de la gana, para pasarlo en grande
escribiendo” para, como dice Francisco Albornoz “Escribir
para ponérselo difícil al director” o escribir
como decía Heiner Müller “Escribir para
ponérselo
difícil al público”, en todo caso escribir
siempre que tengamos algo que decir, aunque ese algo solo sean
las ganas de escribir.
(Pau Miró, actor, director y dramaturgo.
Barcelona, 23 de septiembre del 2005). |